ESTUDIOS BÍBLICOS

CAPSULAS 189
Por J .N. Robles Olarte

La sefardofilia en la España postinquisitorial

Dr. Adolfo Kuznitzky
Estudios genéticos recientes dan cuenta de que el veinte por ciento de la población española desciende de judeoconversos.

Por Adolfo Kuznitzky
25 de septiembre de 2012

Los días 5, 6 y 7 de septiembre se realizaron en la Academia Nacional de la Historia las Jornadas Internacionales de Historia de España auspiciados por la Oficina Cultural de la Embajada de España y los Institutos de Historia de España de la UBA (Universidad de Buenos Aires) y de la UCA (Universidad Católica Argentina) donde el Dr. Adolfo Kuznitzky impartió la siguiente ponencia:

Introducción

La Inquisición española marcó con tanta fuerza la historia de España que puede considerarse que tanto su vigencia como su fenecimiento dividen a la misma en dos épocas. A la trascurrida luego de su abrogación podemos denominarla como postinquisitorial y es en ese marco temporal, que arranca en el siglo XIX hasta nuestros días, que consideraremos cómo se concibió al judaísmo español, que dada la expulsión producida en 1492, era inexistente. Por otra parte, los judeoconversos se integraron, aunque no con pocas dificultades, totalmente a la sociedad mayoritaria cristiana con excepción del caso de los Chuetas de Mallorca que fueron discriminados étnicamente hasta muy avanzado el siglo XX y la pervivencia de algunos tics etnorreligiosos en el resto de España de escasa importancia social. Este grado de fusión fue casi total al punto que resulta casi imposible determinar genealógicamente quienes descienden de conversos, a pesar de que estudios genéticos recientes dan cuenta de que el veinte por ciento de la población española desciende de judeoconversos [1].

No obstante, para ubicar en el contexto histórico el tema que abordamos resultará útil hacer unas breves consideraciones sobre la historia de los judíos españoles que fue singular bajo diversos aspectos, siendo los principales el cuantitativo porque ninguna nación europea albergó a tantos, al punto de considerarse como un porcentaje, si bien discutido, considerable de la población, y el cualitativo que deriva de las conversiones masivas al cristianismo.

Por otra parte, el judaísmo preinquisitorial o medieval cumplió un importante papel y pudo convivir, aunque no siempre armoniosamente, con la casta musulmana y cristiana y a esta última sirvió de distintas maneras colaborando, por ejemplo, activamente en la Reconquista lo que también fue posible porque el cristianismo español, hasta la llegada de las órdenes mendicantes, fue más tolerante con ellos que en resto de Europa. Esa inserción hizo que la judería de España tuviera un nivel muy superior al de las otras naciones permitiendo que se destaquen muchos de sus integrantes, lo que ocurrió incluso posteriormente con los conversos de ese origen y su descendiente, entre los cuales podemos mencionar al Obispo de Burgos Santa María, Santa Teresa de Jesús y Fray Luis de León.

Antecedentes históricos

Todo lo brevemente analizado nos da una idea del importante aporte judaico al ser español, cuya dimensión provocara tantas polémicas, sobre todo la que protagonizara Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz y que se enhebra con el aspecto que consideraremos, constituyendo el mismo una de las más relevantes singularidades mencionadas: el filosemitismo español de los siglo XIX y XX.

De esta manera y habiendo sido la España postinquisitorial una nación que no solamente no tenía judíos sino que, al decir de Joseph Pérez, se había olvidado totalmente de ellos, los “redescubre” en las campañas militares españolas en el norte del África, y la sorpresa fue mayúscula. De esta manera se enteró España de que al otro lado del Estrecho de Gibraltar, vivían miles de sefardíes, descendientes de los expulsados en 1492 y vieron a los españoles como sus liberadores [2]. En relación a ello se escribió en el diario El Liberal de julio de 1887 bajo el título “Impresiones de Marruecos. Los Judíos” lo siguiente:

“Si se observan fisonomías es necesario remontarse al recuerdo de aquellos semblantes… ¡cuántas caras españolas entre los judíos de Tetuán! ¡Cuántas caras judías entre los españoles! Si hoy renaciera lo de los de cristianos viejos y nuevos, la antropología, con más certeza que un inquisidor, diría a muchos cristianos fervientes y hasta fanáticos sois judío…” [3].

A partir de ese momento se crea una corriente de simpatía hacia los sefarditas dispersos por el mundo dado que conservaban el idioma castellano y que pronunciaban como los españoles del siglo XVI [4] y muchas costumbres de esa época. Sánchez Albornoz nos señala que advertía en ellos rasgos de españolidad que no veía en los judíos cuando vivieron en España puesto que, como es sabido, su postura frente al factor judaico en la historia de España es negativa en algunos aspectos llegando a decir: “Más aún, una tajante oposición enfrenta lo hebraico y lo hispano… Es más fácil unir el agua con el fuego que hallar vínculos de parentesco entre lo hispánico y los hebraico”. Resalta lo opuesto que considera a lo judaico de lo español, al sostener que no hay tarea más difícil de armonizar o avenir, y que nada de lo esencial de la contextura temperamental de los hebreos ha dejado huellas entre los españoles, concediendo, y esto es lo que remarcamos, que los rasgos de pura españolidad pueden encontrarse en los judíos de origen español dispersos por el mundo [5].

Esos rasgos hispánicos que veían en los sefarditas también fueron contrastados, por quienes participaban de esa sefardofilia, con los askenazíes (judíos del centro y el este de Europa), considerando, como es el caso de Pulido*, a los primeros superiores y que se sienten españoles extrañando la patria perdida y a los otros como degenerados y mezquinos. Lo curioso es que esta superioridad es autopercibida por ellos mismos como es el caso de Italia cuando los judíos que provenían de España no admitían que se les confundiese con los tudescos (provenientes de Alemania), como solían decir dado que presumían de ser españoles y, por lo tanto, hidalgos [6] o en el caso de las ínfulas aristocráticas que tenían, seguramente heredadas en su origen español. Tal era su convicción en ese sentido, que de ello da cuenta Pinto, el miembro de esa comunidad en Ámsterdam que con mucho dolor se dirigió a Voltaire por sus expresiones ácidamente antijudías, señalándole que no debía confundirlos con los judíos de Europa del Este [7].

La campaña filosemita se corporizó en Emilio Castelar que presidió el gobierno en 1881, que había escrito un libro Recuerdos de Italia en el que hace hincapié en el carácter español de los sefardíes, tarea en la que fue seguida por el doctor Ángel Pulido, que se llevó una enorme sorpresa al encontrarse con judíos que hablaran español, y desde entonces dedicó su vida a este tema y escribe un libro que se titulará Españoles sin patria y la raza sefardí con el objetivo reconquistar al pueblo judeoespañol para mostrar al mundo que España ya no es más la nación intolerante y fanática [8].

Análisis de la naturaleza de la sefardofilia

Se crearon institutos de estudios relacionados con la historia de los judíos españoles y lo curioso es que el interés o la denominada Sefardofilia no se limitó a los sectores liberales sino también a los sectores más tradicionales cuyo representante más genuino y eminente fue Menéndez y Pelayo, a pesar de que para él la estirpe liberalesca representaba una idea ajena por completo y aún contraria a la esencia de España que equiparaba catolicismo y casticismo porque era consustancial a España, doctrina que sirvió de base y fundamento al nacionalcatolicismo tal como se forjó en la España de Franco. No obstante, Menéndez y Pelayo admiraba el talento metafísico y la actitud del pueblo judío para las altas especulaciones intelectuales y en un epígrafe que escribe les dedica el siguiente homenaje: “A los sefarditas repartidos por el mundo, que, con nostalgia inextinguible, recuerdan a España dedica esta página reivindicatoria” [9].

Su concepción filosófica e histórica es la de una nación eterna, en una visión esencialista y, por ende, ahistórica, porque sólo concebía una Hispania católica, sin heterodoxias y, lamentablemente, al estudiarla, llega a la conclusión de que la historia de España es una historia de heterodoxias.

Incluso es dable atribuir a Menéndez y Pelayo cierta simpatía por los judeoconversos porque cuando considera la limpieza de sangre entiende que se trata de un “antipático asunto” y para exculpar a los españoles de esa actitud Américo Castro aparentemente recoge de él una extraña teoría [10] y es la que atribuye a los judíos haber inspirado a los racistas españoles al considerar a la religión judía como étnica. En ese afán exculpatorio llega a decir que “la sociedad española acogía con los brazos abiertos a los neófitos, insinuando de alguna manera que los conversos no correspondieron condignamente a esa fraternal acogida” [11].

Con esos antecedentes no resulta extraño, a pesar su casticismo esencialista, que fuera convencido con los argumentos filosefarditas de Pulido, juntamente con Pérez Galdós, Unamuno, Echegaray, Pardo González, y Valera [12].

No obstante todo lo expuesto, Pérez señala que se hizo poco desde el punto de vista político y social, sobre todo porque el antijudaísmo se mantuvo muy activo, y en ese sentido la hispanista belga Christiane Stallaert sostiene que los tics etnorreligiosos permanecían vigentes en pleno siglo XX, y que padeció nada menos que el apóstol de la reivindicación de los sefarditas, Ángel Pulido, al tener que adoptar la precaución de declarar en 1905 en su libro su pertenencia etnorreligiosa expresando “Somos cristianos, descendemos de cristianos viejos”.

Si bien los resultados de la causa defendida por Pulido fueron relativos, avanzó mucho en el campo intelectual y científico. Se fomentó el interés académico por los estudios hebraicos y entre ellos a los medievalistas y especialistas en historia de la literatura, como la escuela de Ramón Menéndez Pidal, quien vio en aquella producción conservada por la tradición oral entre los sefardíes de Marruecos una confirmación de sus tesis sobre el viejo romancero medieval, es decir, se interesó por la cultura sefardí como testimonio vivo de su españolidad.

Desde finales del siglo XIX, el folklore judeoespañol suscitó una serie de investigaciones que procuraron recoger, publicar y comentar aquel tesoro insospechado. También los músicos se ocuparon en el mismo sentido [13].

Por otra parte, tenemos lo que para Pérez constituye un filosefardismo de derechas del que participaron activamente intelectuales como Giménez Caballero y Foxá, que luego confluirán en el falangismo, una suerte de fascismo español. Entendemos que esta corriente debe ser diferenciada de la nacional-católica por razones ideológicas, del que como vimos Menéndez y Pelayo fue un precursor, a pesar de que ambas apoyaron a Franco. Para comprender esa actitud, según ese autor, hay a partir de la visión negativa que muchos militares africanistas solían tener de los “moros”, considerados como unos bárbaros y degenerados y, por el contrario, los sefardíes se les antojaban mucho más educados y medio españoles. A partir de ello la Junta de relaciones culturales organizó una gira por los Balcanes para que Ernesto Giménez Caballero pronunciase varias conferencias en las comunidades sefardíes, rechazando el antisemitismo de Pío Baroja, y escribió en La Gaceta artículos sobre esa tendencia. En tareas parecidas, tanto los diplomáticos Agustín de Foxá como José María Doussinage propiciaban el “Sefardismo económico” por el que se trataba de mostrar, reiterando los argumentos de Pulido, que eran superiores a los otros judíos debido a su mezcla racial con los castellanos y creían que podían ser un arma de penetración española [14].

Esa tendencia también es contemplada por Gonzalo Álvarez Chillida quien señala que el rey Alfonso XIII y sus gobiernos desde el inicio del protectorado español en el Norte de Marruecos, en 1912, apoyaron el filosefardismo habida cuenta del apoyo de los hebreos de la zona a la penetración española y como consecuencia de ello – señala – surge ese filosefardismo derechista en el que militarán en los años veinte intelectuales que destacaron más tarde – según hemos visto – en el falangismo, como los mencionados Ernesto Giménez Caballero y Agustín de Foxá. Ahora bien, este autor distingue – a nuestro juicio acertadamente – entre una derecha liberal y otra antiliberal y autoritaria y la instalación de la república, por distintas razones, hizo virar drásticamente a estos dos intelectuales que acabaron abrazando la causa antisemita. Aun siendo así, la situación, estos sectores siguieron haciendo una no tan sutil diferenciación entre los hebreos sefarditas y los de origen askenazí, con lo cual el filosefardismo, si bien alto relativizado, no desapareció. Veremos el caso de la ilustre pluma del periodismo y la intelectualidad derechista como es el caso de Luis Astrana Marín, cuya prédica era esencialmente ideológica porque en España no había casi judíos y llegó a decir “No habrá paz en el mundo mientras existan los judíos”, con un sesgo potencialmente exterminador, pero que aún deja lugar para hacerse eco del filosefardismo y expresó: “Yo, aunque antisemita sin rebozo…dejo aparte a los verdaderos sefardíes, porque antes que antisemita soy español… Ése ya no es el judío que yo combato… Ese judío no es propiamente judío”. Esto no hace más que evidenciar el antisemitismo de derechas y cómo preocupaba a los españoles la sangre judía que ellos mismos llevaban, lo que lo hace decir también: ” de tantos judíos como hay, no sabe ya quién lo es ni quién no lo es” [15].

Por esas razones el antisemitismo español presentó ciertas singularidades que no fue común a las otras naciones europeas movió a Stanley Payne a hablar de la “Paradoja española: el prejuicio tradicional y la sefardofilia”.

El carácter paradójico que señala este autor quedó evidenciado, además, en situaciones como, por ejemplo, el filosemitismo catalán que produjo reacciones adversas en otras regiones y provocó que los habitantes de algunas de ellas, por rivalidades anteriores, adjudicaran a su adversario una supuesta descendencia judía para desprestigiarlo y como forma de insulto.

Cuando Álvarez Chillida se refiere a Franco lo describe como filosefardita desde sus años en la guerra de Marruecos, para lo cual recuerda el apoyo judío a los españoles, y que, en 1926, publica un artículo titulado “Xauen la triste”, en la Revista de tropas coloniales, en el que resaltaba la gran dignidad y las virtudes de los hebreos que acompañaron a los españoles en su retirada de la ciudad rifeña a finales de 1924. Imagen que contrastaba con el salvajismo que atribuía al enemigo musulmán. Desde aquellos años africanos Franco mantuvo la amistad con varios notables judíos de aquel territorio, algunos de los cuales le ayudó activamente cuando la sublevación de julio de 1936. Ya en 1942, con el Eje en el apogeo de su poder, Franco inserta en un guion cinematográfico que escribiera y que denominara RAZA ese pensamiento. En el mismo, el protagonista principal, que sería él, guía a su madre por Toledo y frente a la Iglesia Santa María la Blanca, que fue anteriormente sinagoga, le cuenta que los judíos se purificaron al contacto con España y que los judíos de Toledo se opusieron a la crucifixión cuando fueron consultados por los fariseos. Para él, la superioridad de la nación española se manifestaba por su capacidad de purificar hasta a los judíos, convirtiéndolos en sefardíes, bien diferentes de sus correligionarios. Ese filosefardismo se había manifestado oficialmente ya un año antes cuando el Consejo Superior de Investigaciones Científicas creo la Escuela de Estudios Hebraicos, que comenzó a editar la revista Sefarad [16].

Otra manifestación de lo que podríamos llamar filosefardismo oficial o político fue la que se expresó en el gobierno de Primo de Rivera en el año 1924 al conceder la nacionalidad española a protegidos de origen español entre los que se encontraban los sefardíes de la diáspora.

Conclusiones

La génesis del filosefardismo la podemos rastrear en la singularidades de la historia de los judíos de España y los conversos de ese origen según las consideraciones introductorias que hicimos, pero en la España postinquisitorial debemos tener en cuenta, de acuerdo a lo enseña Pérez, que el antisemitismo moderno nacido en la Mittleuropa hizo poca mella y no ingresa a España [17]. Al no existir judíos se exteriorizó solamente en la faz ideológica conspirativa y no racialmente. De esta manera las referidas singularidades se podrán evaluar, concretamente, en diferentes acontecimientos y contextos como, por ejemplo, la guerra civil y la actitud de Franco frente a la segunda guerra mundial y el Holocausto.

También vimos que esa tendencia puede ser clasificada de distintas maneras según sea su vertiente, cultural, académica, política, oficial o histórica.

● ● ●

[1] Diario El País; “Sefardíes y moriscos siguen aquí”; Javier Sampedro 5 de diciembre de 2008.

[2] Pérez, Joseph; “Los Judíos en España”; Ed. Marcial Pons; Madrid 2005; p. 296.

[3] Stallaert, Christiane; Ni una gota de sangre impura, Editorial: Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2006; p. 251

[4] Pérez; ob. cit; p. 278.

[5] Sánchez Albornoz, Claudio; ” España, Un Enigma Histórico”; Ed. Hispano América, Barcelona 1973; ” Españoles ante la Historia”; pp 163-4-76-

[6] Pérez; ob. cit.; p. 264.

[7] Poliakov, León; “Historia del Antisemitismo II”; “De Mahoma a los Marranos”; Ed. Siglo XX, Buenos Aires 1968 y Ed. Raíces, Buenos Aires 1988. ob. cit., pág. 222: “No usan barba y su vestimenta no presenta ninguna particularidad; los más ricos conceden tanta importancia a la elegancia y el fasto como los más encumbrados de los otros pueblos europeos, de los sólo se diferencian por su religión…”; pág. 262. “(…) El personaje del judío barbudo… les irritaba especialmente que se fundiera en una misma imagen poco halagadora a todos los judíos”.

[8] Pérez; ob. cit; p. 301

[9] González Blanco, Pedro: ” Contribución de los Judíos Españoles a la Cultura Universal “; Ed. Cajica México; p. 95

[10] Netanyahu, Benzion; “Los Orígenes de la Inquisición; Ed. Critica; Barcelona 1995; .p. 884.

[11] Netanyahu; ob. cit; p. 145

[12] Pérez; ob. cit; p. 302-

[13] Perez; Ibid.; 303

[14] Pérez; ibd.; p. 308.-

[15] Álvarez Chillida, Gonzalo, El Antisemitismo en España: la imagen del judío 1812-2002, Marcial Pons Ediciones de historia, Madrid, 2002; p.. 313; Álvarez Chillida, Gonzalo e Izquierdo, Ricardo Benito; El Antisemitismo en España; pp.181; 187 y 189.

[16] Álvarez Chillida; El Antisemitismo en España; p. 189.

[17] Pérez; ob. cit.; p 295.

*Ángel Pulido Fernández (Madrid, 1852 – Ibídem, 1932) fue un médico y senador vitalicio español. Promovió a partir de 1904 la campaña filosefardita que tenía por objetivo establecer lazos con España de las comunidades judías europeas y del norte de África formadas por descendientes de los expulsados en 1492 por los Reyes Católicos.

El doctor Pulido hizo un viaje en el verano de 1903 por los países del Danubio en el que tomó contacto con las comunidades sefarditas. Dejaron en él una impresión tan profunda que a su regreso inició una campaña filosefardita para provocar un acercamiento cultural y económico a España de esas comunidades.

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