ESTUDIOS BÍBLICOS BASADOS EN LAS SAGRADAS ESCRITURAS HEBREAS

C Á P S U L A S       X C I X

Por: J. N. Robles Olarte

Arrepentirse no significa no solo decir, “Oh, si, lo siento mucho”. Arrepentirse significa “cambiar”, hacer algo totalmente diferente, volverse ciento ochenta grados de lo que se hacía, ir por un camino diferente al otro. Un ejemplo muy al caso es como cuando uno tira una pelota hacia arriba; llega a un punto tal que se regresa por efecto de la fuerza de la gravedad. Asi debe ser nuestro cambio, y vuelta al Creador!
El arrepentimiento tiene el mismo recorrido. Si se va por el camino errado, contra el principio o los principios de nuestro Creador, tal actitud hará que ello vaya en contra nuestra. Es por ello que debemos, tenemos, la obligación de saber observar el camino mal escogido y “parar” tal actitud y volvernos por el camino indicado por nuestro Creador, del que nunca debimos separarnos. Arrepentirse es ir ante el Creador con un corazón y mente contritos, declarar nuestra culpa, y pedir misericordia. No olvidemos que Él mantiene Su misericordia, Su amor, por mil generaciones, y que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado. Así que todo lo que cuando trasgredimos Sus Leyes y Mandatos Justos, lo que debemos hacer es solicitarle Su Misericordia, misma que siempre tiene a mano para dárnosla a manos llenas! No necesitamos de sacrificio alguno, y menos de un sacrificio humano para agradarle y obtener Su perdón y misericordia, como lo practican muchas religiones. Él mismo nos dice que lo que le interesa es, y ver en nosotros, un corazón deshecho y contrito. Eso es lo que Él espera para podernos perdonar totalmente! Si pecamos, debemos seguir el ejemplo que se nos da en Salmos 51. ¡Confiese su pecado ante Él, y Él le perdonará con toda seguridad!

Regresemos un poco atrás, y veamos una escena increíble que trata del momento cuando el Eterno Creador baja de los cielos a la tierra, y muestra Su Gloria a Moisés, y éste vuelve su cara para no verlo por el temor de morir por ello! No solo experimentó ver la Gloria del Creador, sino que su misma cara resplandece maravillosamente. Después de ello el mismo Creador le proclama personalmente Su Nombre, YHWH, E t e r n o. La descripción de Su naturaleza básica, Su carácter más profundo se refleja en ser, Misericordioso, Clemente, y Tardo a la Cólera, Rico en AMOR y FIDELIDAD! ¡Esto mismo fue lo que entendió Abraham, en su tiempo¡
Abraham comprendió que el ETERNO CREADOR es misericordioso, clemente, tardo para airarse, y abundante en amor y fidelidad. Es por ésta fidelidad que podemos obedecerLE . Ésta auto revelación es tan básica, tan profunda, que se repite varias veces, y de diferentes formas, a lo largo de las Sagradas Escrituras. Se convierte ella misma en una descripción divinamente revelada por el Creador de todo. Por ello es que Moisés se refiere a ella en numerosas ocasiones!
Lo que es impresionante, y digno de atención, en la revelación efectuada en la cima del Monte Sinaí, es Su absoluta concreción. Cuando uno lee en Éxodo o Deuteronomio los relatos de éstos eventos, surge un inequívoco sentimiento educador de lo que éstos textos tratan de transmitirnos, de enseñarnos! Ello tiene que ver con la noción que adquirimos de cómo el Creador Se introduce a Si mismo en los eventos normales de la historia humana, y así hacerse conocer dentro de los más inimaginables objetivos a efectuar. ¡Acción ciertamente extraordinaria!
Hablar del Eterno Creador, creador de Abraham, Isaac y Jacob, es algo increíble! Él llamó a Moisés para que guiase Su pueblo a salir, con mano poderosa, de Egipto; a quien Se reveló en el Monte Sinaí, y habla, cara a cara, con él y, posteriormente, con el pueblo todo. Su Camino de Vida se suma en los DIEZ MANDAMIENTOS, mandamientos que debemos llegar a conocer, entender y comprender; y saber, realmente, quien es este ÚNICO CREADOR! El gran mandamiento se resume en la práctica de la SHEMA. ¡Debemos amar, pues, al Eterno nuestro Creador con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas!

LAS CAMPAÑAS BÉLICAS DE LOS ATLANTES
Jürgen Spanuth

CONTRA EGIPTO.-
Las expediciones militares de los atlantes, igual que ocurre con los cataclismos naturales y las catástrofes mencionadas por Platón, se han considerado sin más como del dominio de la fábula. Incluso los eruditos que llegan a admitir que dentro del relato de Platón «hay algún atisbo de verdad», como Adolf Schulten y Wilhelm Brandenstein —este último, titular de la cátedra de filología de la Universidad de Graz y el primero profesor de Historia Antigua residente durante muchos años en España— consideran todo lo que hace referencia a las campañas de los atlantes como «algo que flota entre las nubes» o niegan por completo tales expediciones. Hay que confesar que los datos que poseemos hasta ahora de las relaciones existentes entre las diversas potencias de la Edad del Bronce nos inclinan a este escepticismo. El hecho de que un pueblo haya atravesado toda Europa, luego el Asia Menor y haya llegado por fin a las puertas de Egipto con la intención de poner bajo su dominio «vuestro territorio (Grecia), el nuestro (Egipto) y todos los otros países que se hallan más acá del estrecho» (Turneo, 25) parece a primera vista inverosímil. Se considera que el proyecto encaminado a unificar todos los países europeos y mediterráneos bajo un solo y único cetro es una concepción demasiado moderna para ser verdad entonces. Si es bastante sorprendente ya de por sí encontrar esta concepción escrita por Platón, lo es aún más si se reflexiona en los años transcurridos desde que se puso en ejecución y que tan cerca estuvo de verse coronada por el éxito. La cosa parecía increíble y por ello la opinión unánime ha rehusado admitir este pasaje del relato de Platón. Ha habido algunos que han intentado sacar partido incluso de esta inverosimilitud para demostrar el valor nulo en cuanto a documento histórico de la descripción platónica referente a la Atlántida.
Y no obstante, los papiros y los escritos contemporáneos demuestran que esta opinión tomada a la ligera es errónea. Examinaremos por unos momentos los datos relativos a las campañas bélicas de los atlantes y de este plan «paneuropeo», suministrados por Platón, comparándolos con las precisiones facilitadas por los documentos contemporáneos. Así podremos llegar a demostrar que Platón no ha sido más que un fiel transcriptor del relato hecho a Solón por el sacerdote egipcio de Sais. Platón aduce a este respecto lo siguiente:
1. Los pueblos del imperio atlántico habíanse «reunido y formado una potencia única con el propósito de dominar vuestro territorio (Grecia) y el nuestro (Egipto), así como a todos los países que se hallaban más acá del estrecho (de Gibraltar), en el curso de una expedición guerrera» (Timeo, 25).
2. En el curso de esta campaña los atlantes habían atravesado toda Europa, y habían dominado a toda Grecia con excepción de Atenas y habían pasado luego por Asia Menor hasta llegar a las fronteras de Egipto; país al que pusieron en un gran aprieto, pero al que no pudieron someter (Timeo, 24, 25; Cutías, 108).
3. Entre los países mediterráneos sometidos a los reyes de la Atlántida figuran: «Libia hasta Egipto y Europa hasta Tirrenia (Etruria)» (Timeo, 25, y Critias, 114). Las gentes de estos países tomaron parte también en la gran expedición militar.
4. La potencia atlante estaba constituida por un ejército muy bien organizado y equipado. Contaba con dotaciones de carros de combate y disponía de una flota guerrera poderosísima. Diez reyes —denominados «los diez»— bajo el mando supremo del rey de la Atlántida, tenían a su cargo la dirección de las operaciones (Critias, 119, 120).
5. La expedición de los atlantes tuvo lugar en el mismo tiempo en que ocurrieron las grandes catástrofes de la naturaleza. Es decir, hacia el año 1200 a. C., según hemos establecido antes.
Es un hecho innegable que alrededor del año 1200 tienen lugar sobre la tierra una serie de acontecimientos que guardan estrecha similitud con los que nos describe Platón en su relato sobre la Atlántida.

Los acontecimientos a que nos referimos son los que se denominan en historia con el nombre de «gran migración», «invasión doria», «invasión egea», «invasión iliria». Y en cuanto a los pueblos que tomaron parte en este éxodo en masa en sus momentos iniciales, se los designa como «pueblos del norte» o «pueblos del mar».
Al lado de las inscripciones contemporáneas ya citadas, a las que Bilabel califica de «documentos del más alto valor histórico», nos ayudan en esta tarea infinidad de descubrimientos arqueológicos que contribuyen a levantar un velo sobre este período capital de la historia europea. Con estos datos nos será posible llegar a una reconstrucción de los mencionados acontecimientos.
Bajo el reinado del faraón Merneptah de la XIX dinastía, los libios y sus aliados penetraron en territorio egipcio procedentes del oeste. El agostamiento que sufría su país les impelió a buscar más al este, hacia Egipto, su subsistencia. En esta emigración les acompañaban sus mujeres e hijos. A las órdenes del príncipe Merije consiguieron los libios llegar hasta Menfis y Heliópolis, en donde se instalaron.
Momento crucial por el que Egipto nunca había atravesado desde los tiempos de la invasión de los hicsos. Merneptah, hallándose en el quinto año de su reinado, es decir, en el año 1227 antes de Jesucristo, resolvió alejar al invasor. Al tercer día de «epifi» (abril) tuvo lugar un gran encuentro cerca de Perir. Al cabo de seis horas de encarnizado combate el enemigo fue derrotado y buscó la salvación en la huida. Un rico botín cayó en las manos del victorioso faraón: 9.111 espadas de tres a cuatro «espanes» (de 22 a 24 cm.) de longitud, todas ellas de bronce. El número de los caídos fue el de 6.359 libios, 2.370 «gente del norte, originarios de los países del mar (atlantes)», 222 chekelescha (sicilianos) y 742 turuschas (etruscos).
Pero a pesar de que el enemigo (o sea la federación de libios y gente del norte) sufrió una gran derrota, volvió a reagruparse. La batalla de Perir fue sólo una entre muchas y sangrientas batallas. Fue asimismo el anuncio de una revolución mundial, de cuya magnitud y trascendencia no hay otro ejemplo en la historia antigua de la humanidad.
Por las medidas que se tomaron por parte de los Estados situados en la región oriental del Mediterráneo, se deduce que no fue una cuestión sin importancia y que preveían, por el contrario, un terrible peligro.
Hacia finales del siglo XIII a. C. los atenienses construyen sus murallas ciclópeas y las dotan de torres para su defensa. En Micenas se refuerzan las construcciones defensivas, al mismo tiempo que se preocupan sus habitantes de asegurarse el aprovisionamiento de agua. En Tirinto se realizan obras análogas y se construye una gran fortaleza.
En Asia Menor, los reyes hititas intentan conjurar el peligro firmando alianzas militares con Egipto y realizando grandes fortificaciones en su capital Boghaz-köy. Por último, en Egipto los faraones refuerzan el efectivo de sus ejércitos, reconstruyen las ciudades fronterizas, reclutan mercenarios y movilizan grandes contingentes de tropas. «Todo ello no son más que los signos precursores de la tempestad», según afirma el historiador Schachermeyr.
Hacia el año 1200 la tempestad prevista estalla con una violencia insospechada. Procedentes del norte penetran en Grecia poderosas formaciones de guerreros que invaden todo el territorio con la única excepción de Atenas, cuyos habitantes se hacen fuertes y resisten con gran heroísmo al invasor.
Los pueblos invasores del norte llegan por vía terrestre, pero debieron ser expertos constructores de naves y diestros marinos. Si escuchamos la leyenda, en Naupaktos, en el golfo de Corinto, construyeron una imponente flota con la que se hicieron dueños del Peloponeso, destruyendo y aniquilando a las flotas aqueas y cretenses. Luego desembarcaron en Creta, las islas del Egeo y Chipre.
Todo nos induce a creer que una parte muy importante de los conquistadores habíase segregado del cuerpo principal antes de que éste se dirigiese a Grecia. Atravesando el Bósforo, los invasores asolaron Troya
(Troya VII b según los estratos arqueológicos)1. Ochenta años antes (Troya VII a) había sido ya destruida por la invasión micénica helena. Una cadena de ruinas y de destrucciones jalona esta ruta seguida por los invasores. Parece ser que éstos, «los que seguían la ruta terrestre», operaban conjuntamente con «los llegados por el mar», es decir, aquellos que, partiendo del Peloponeso, navegaban hacia Creta y Chipre.

El Asia Menor fue atravesada por completo y ocupada. El poderoso imperio de los hititas fue aniquilado de tal modo que desapareció casi sin dejar huellas en la historia. Boghaz—köy, la capital de los hititas, según revelan las excavaciones allí efectuadas, fue, a pesar de sus poderosos dispositivos de defensa, tomada al asalto, saqueada y arrasada.
Las inscripciones y textos egipcios contemporáneos corroboran los anteriores datos arqueológicos y nos dan cuenta de cómo se realizó la progresión de los conquistadores. En una inscripción de Medinet-Habú, Ramsés III nos dice: «Los pueblos del norte conjuráronse en sus islas. Éstas fueron destruidas y arrasadas por las tempestades casi al mismo tiempo». No hubo país que pudiera oponerse a la fuerza de los invasores. Los Hatti (rútilas), Kode, Karkemish, Arzawa, Alasia (Chipre), fueron pasados a sangre y fuego. Su campo central de operaciones lo instalaron en una ciudad de Amurru (en la actual Siria del Sur). Aniquilaron al país y a los hombres como si jamás hubiera habido civilización en el país. Marcharon sobre Egipto precedidos por un vasto incendio. Los Phrst, Sakar, Denen, sumáronse a ellos y avasallaron a los Sekelesa y Vasasa. Se puede decir que llegaron a extender su dominio hasta los confines de la tierra y su corazón rebosaba júbilo, pues estaban seguros de que sus planes se realizarían.
Combate entre egipcios e hiperbóreos. Detalle del relieve anterior.
Así pues, todo nos induce a creer que antes de lanzar un asalto definitivo contra Egipto, «los pueblos del norte y del océano» se reagruparon en Amurru.
Ramsés III ordenó la movilización general. Fortaleció sus puestos fronterizos del norte, aseguró los puertos y agrupó toda clase de embarcaciones aptas para el combate «que de la popa a la proa estaban colmadas de guerreros avezados y fuertes, armados hasta los dientes». El faraón dio la orden: «Sacad todas las armas, reunid a todas las tropas de reserva para destruir al enemigo miserable». El reclutamiento y la distribución de armas corría a cargo del príncipe heredero. Además de las tropas indígenas formáronse cohortes de negros y de mercenarios sardos. «Todo aquel que estaba bajo las órdenes del faraón y que se consideraba capaz de usar armas, fue provisto de ellas.» Es en tono orgulloso que se lee: «Los soldados eran los mejores de Egipto, eran como leones que rugen en las montañas. Las tropas de los carros eran todas gentes avezadas al combate, héroes y combatientes, duchos en la lucha y que sabían perfectamente su oficio. Sus corceles temblaban impacientes con el afán de destruir al enemigo.»

Al quinto año del reinado de Ramsés III (1195 a. C.), después de algunas escaramuzas ligeras se produjo el ataque general contra Egipto. Seguramente este ataque estaba previsto dentro .de un plan general de operaciones, pues mientras los libios atacaban por el oeste, ayudados como en circunstancias anteriores por los pueblos del norte, desde el mar una poderosa flota de guerra intentó forzar la boca del Nilo, a la par que el grueso principal de la fuerza se puso en marcha desde el país amorrita. Ramsés III salió al frente de sus tropas al encuentro del enemigo.
Se produjo entonces una colisión de significado histórico mundial. Gracias a todos los recursos de que se han echado mano y, al parecer, a la fortuna excepcional que le asistió en varios combates, Ramsés III pudo resistir este asalto de los pueblos del norte. «Cientos de miles» de ellos fueron muertos o capturados. Los barcos de guerra de la gente del norte, algunos de los cuales consiguieron llegar a la costa egipcia, «chocaron contra una muralla de cobre» y «fueron cercados por las lanzas de los soldados, que les obligaron a internarse en el país y les aislaron»; sus ocupantes «derribados al abordaje, fueron aniquilados y sus cadáveres se amontonaban de la proa a la popa de sus naves». Los egipcios hicieron zozobrar a muchos barcos y muchos tripulantes de ellos, que buscaban la salvación nadando, perecieron ahogados o muertos bajo sus armas. Las mujeres y los niños de estos pueblos del norte o del mar acompañaban en carretas tiradas por bueyes a los que efectuaban la invasión por vía terrestre. Muchos de ellos fueron cercados, y mujeres y niños, sin distinción alguna, fueron muertos o hechos prisioneros.
Wreszinski, el reputado egiptólogo, supone que la decisión de la batalla estuvo en el mar, debido a la gran prolijidad de detalles que a este aspecto de la guerra se consagra. Es muy posible. Las ilustraciones que llenan las paredes de Medinet-Habú también nos dejan entrever por qué motivo la gente del norte, a pesar de sus innegables dotes marineras, perdió la batalla naval. Sus embarcaciones carecían de remos y estaban dotadas de velas que únicamente podían impeler hacia delante. Al parecer, en aquel día decisivo de la batalla reinaba la calma. Las velas cargadas eran inoperantes y los barcos derivaron al impulso de las corrientes que los llevaban hacia tierra. Por otra parte, la dotación de combate de los barcos iba provista sólo de espada y lanza, es decir, iban equipados sólo para la lucha cuerpo a cuerpo y ninguno disponía de arco. En cambio, desembocando por sorpresa de los diferentes brazos de mar del delta del Nilo, los egipcios tenían sus barcos propulsados y bien dirigidos a fuerza de brazos y todos ellos disponían de arcos, por lo que cayeron como una tromba sobre las embarcaciones enemigas. Manteniéndose a distancia, incumbía a los arqueros el disparar una nube de flechas sobre los pueblos del norte, indefensos sobre el puente de sus naves. Los egipcios, al objeto de proteger a sus remeros y arqueros, se escudaron tras los cuerpos de los prisioneros atados a las bordas de las naves. Cuando la tripulación nórdica fue diezmada por los certeros disparos de los arqueros egipcios, aproximáronse éstos a las naves enemigas y, lanzando garfios de abordaje, los marinos egipcios intentaron ensartarlas en las velas cargadas de los barcos enemigos para hacerlos zozobrar. Una vez logrado, los guerreros fueron aniquilados fácilmente en el agua y sólo algunos de ellos lograron alcanzar la costa, donde fueron capturados por los egipcios.

Los escultores egipcios han inmortalizado en los relieves de Medinet-Habú escenas impresionantes en que la gente del norte lucha por la vida. En una embarcación, dentro de la cual todos los demás hombres están muertos o heridos, se ve a un guerrero que, sosteniendo con su mano derecha a un camarada, cae al agua, mientras levanta su escudo para defenderse. En otro, los marineros del norte, a pesar del peligro que sobre ellos se cierne, ayudan a subir un herido a bordo. Los bajorrelieves de la batalla terrestre muestran escenas que ilustran sobre el espíritu de compañerismo y sobre la valentía de los guerreros atacantes. Otto Eisfeld, que ha estudiado tan acertadamente las civilizaciones fenicias y filisteas, tiene razón cuando escribe: «Los bajorrelieves egipcios que nos explican las batallas libradas por Ramses III contra los filisteos demuestran la valentía de estos últimos. Incluso prisioneros y encadenados, los cautivos mantienen un aire noble y altivo.» Luego veremos que los filisteos tienen un papel importantísimo en la coalición de los «pueblos del norte y del mar».
Los egipcios cercenaron las manos de los muertos y de los heridos tanto de tierra como de mar, para contarlas y luego hacinarlas. En aquel tiempo éste era el procedimiento que se empleaba para efectuar el recuento del enemigo caído en el campo de batalla. Pero, cosa extraña, en tanto que siempre en las batallas libradas por Ramses III el número de manos cortadas se cita escrupulosamente —así, por ejemplo, en la batalla contra libios y pueblos del norte coaligados en las fronteras del oeste de Egipto, las inscripciones de Medinet-Habú registran un total de 25.067 manos y 25.215 falos—, en esta decisiva batalla del año 1195 antes de Jesucristo no se dan las cifras exactas de las manos cortadas. Sólo se dice que fueron cortados «manos y falos sin cuento». En cambio, en el mismo texto se habla de «tantos enemigos como saltamontes», de «cientos de miles» e, incluso, de «millones». «Tan numerosos como los granos de arena del mar» fue, según se dice en las inscripciones, el número de prisioneros.
Todas estas afirmaciones vagas e imprecisas nos inducen a creer que se escogieron estas expresiones debido a que el número de bajas, tanto de muertos como de heridos, fue muy superior al de las batallas precedentes.
Un gran bajorrelieve que se ha conservado perfectamente nos muestra la suerte que se reservó a los prisioneros. Atados fuertemente unos contra otros eran conducidos a campos de prisioneros. Sentados en línea en los campos esperaban a que se les interrogara. Uno a uno eran conducidos ante los oficiales egipcios, a los que es fácil identificar por sus largos mandiles.
Entonces se les marcaba en la espalda, con un hierro al rojo, el sello del soberano. E inmediatamente seguía el interrogatorio, que quedaba registrado por numerosos escribas.

El propio Faraón condujo a los reyes y príncipes de los pueblos del norte y del océano que habían sido capturados en el combate. Ramsés III precisa que habiendo hecho prisioneros a diez príncipes de los pueblos del norte fueron uncidos a su cortejo triunfal.
La victoria de Ramsés III parece haber sido total y definitiva, pero la realidad nos dice que no fue sino una victoria pírrica. Muchas otras veces tuvo que ponerse al frente de sus hombres para defender a su país. El Antiguo Testamento hace también alusión a estas continuas guerras entre los egipcios y los filisteos (pueblos del norte). En el Éxodo (13, 17) se dice: «Cuando el faraón permitió que saliera el pueblo, Dios no los llevó por el camino de la tierra de los filisteos, que estaba más cerca; porque Dios pensó que quizá el pueblo se arrepintiese cuando viera la guerra y volviera a Egipto.» Egipto tuvo que pagar muy caro en sangre el precio de estas guerras. Mientras que en el reinado de Ramsés II Egipto se encontraba aún en pleno apogeo, bajo el de sus sucesores un período de letargo anuncia la decadencia. Los pueblos nórdicos pudieron consolidarse en la antigúa provincia egipcia de Amurru, la actual Siria, en donde construyeron puertos seguros en la costa. Durante unos 200 años lograron mantenerse como amos y señores de toda Palestina y las regiones del litoral oriental del Mediterráneo, que a partir de entonces tomó el nombre de «mar de los filisteos» del nombre dinástico de los «Phrst» o filisteos, una de las estirpes de los conquistadores (Éxodo, 23, 31).
Aliados con los libios, los «pueblos del norte» llegaron incluso a penetrar en Egipto, donde instauraron una especie de dictadura militar. En el año 946 a. C., un libio, Sheshonq I, llegó a sentarse en el trono de los faraones.
Si se comparan los hechos históricos según resultan del desciframiento de las inscripciones contemporáneas y de los descubrimientos y los datos facilitados en el relato platónico de la Atlántida, todos ellos concuerdan perfectamente.
Por lo que se deduce del relato atlántico, en los albores de la Edad del Hierro, es decir, hacia finales del siglo XIII antes de Jesucristo y coincidiendo con unas grandes catástrofes naturales, existió un pueblo poderoso que ejerció su hegemonía sobre islas y países situados «en el gran mar del norte». Dicho pueblo, «habiendo llegado a una federación de aliados y vecinos, se propuso conquistar de un solo empuje a Grecia, Egipto y a todos los países situados más allá del estrecho». Esta acometida tuvo lugar, efectivamente, en Europa y Asia Menor hasta Egipto, país que llegó a encontrarse en situación muy apurada a pesar de haber rechazado el ataque. Al invasor sumáronse las huestes de los libios, tirrenos, sekelesa y vasasa. Este ejército estaba al mando de «Los Diez», quienes a su vez obedecían al supremo jefe de los filisteos o de los Phrst. Poderosas unidades de carros de combate, así como una potente flota de guerra, reforzaban el eficaz ejército de tierra. Con el ataque marítimo se establece el primer intento de penetrar por mar en Egipto. Durante el curso de esta descomunal expedición tuvieron lugar muchas catástrofes naturales. Egipto pasó por momentos muy difíciles y logró conservar su libertad a costa de muchos sacrificios y penalidades, durante unos doscientos años. Empleando literalmente las palabras de Ramsés III, esta potencia estuvo a punto de «lograr su propósito de llegar a dominar hasta el más recóndito rincón de la tierra». Y los prisioneros estaban convencidos de que, pese a la terrible derrota infligida por el faraón, «llegarían a poder realizar sus planes».
Es imposible, pues, que Platón, así como la tradición griega y Solón —este último admite: «No había ningún griego que pudiera llegar a sospechar que todo esto había ocurrido» (Timeo, 22) —, se hayan podido inventar todos estos hechos, que, según hemos visto, descansan sobre bases y acontecimientos históricos. Esta concordancia, que llega a ser casi literal, entre el texto del relato platónico y el de los textos contemporáneos egipcios, demuestra que los sacerdotes de Sais estaban perfectamente impuestos de los papiros e inscripciones y que se fundaban en lo que en ellos se decía para hacer la exposición de los hechos a Solón.
He aquí una prueba suplementaria de que, contrariamente a lo que se ha pretendido, el relato de Platón no es fruto de la fantasía, sino un documento histórico perfectamente válido. Se trata, pues, «no de una leyenda poética, sino de una historia verdadera desde todos los puntos de vista» (Tuneo, 26).

The History of Zionism & Judaism
This text is from an article called “An Open Letter” published in the Jewish magazine, “Hachoma”. We think it provides a good historical overview of the history of Zionism and why the Zionist ideology is opposed by religious Orthodox Jews.
The Jewish people, from its inception, has been unique by its identity as a religious entity. Through the centuries its religious character had been a premise agreed upon by Jews and non-Jews alike. Our faith demands as the fundamental condition for recognition as a Jew, belief and adherence to the word of G-d, as was revealed to our forefathers on Mount Sinai. This is in itself, according to the tenets of the Jewish religion, sufficient to fulfill the definition of a Jew. Our religious and traditional history bears no aspect of racism. Hence, one of non-Jewish origin is capable of being proselytized and attaining the same status as a born Jew. Conversely, one of Jewish birth who does not recognize his being bound to the Jewish Torah, is by Jewish law a heretic, and therefore forfeits his spiritual birthrights as a Jew.
The purpose of the Jew is to bear witness to the existence of G-d, through his adherence to the Torah. The Al-mighty granted the Jews the land of Israel as the particular setting which would serve as the most conducive atmosphere to their performance of their duties to G-d.
The Jews in ancient times were banished from the land of Israel because they had failed to fulfill their obligations to the Al-mighty. Every Jew acknowledges this in his prayers (Umipnei Chatoeinu Golinu Meiartzeinu). They accepted the penalty of exile and were at that time expressed sworn by the Al-mighty not to accelerate their redemption on their own, and especially not to rebel against the nations under whose rule they were found. To the contrary, every Jew is commanded to pray for the peace and well being of the government of which he is the subject.
Through all the years of exile, pious Jews as individuals were attracted to reside in the Holy Land because of its innate holy character and the opportunity it offered for the observance of various precepts bound in the land. Jews as a whole continue to pray that the Al-mighty return his Divine presence to the Land of Israel, by the coming of the Messiah, who will build His Temple, from whence will emanate Divine Wisdom and ultimate spiritual fulfillment of the entire human race.
Through the many years that Jews resided in the Holy Land for this purpose, they enjoyed tranquil and cordial relations with the non-Jewish population there.
The Zionist movement which was formed at the latter part of the last century, sought to endow the Jews with a nationalistic character which was heretofore strange to them. It sought to deprive them of their historically religious character and offered in substitution of faith in G-d and adherence to the Torah, and belief in their ultimate redemption by the coming of the Messiah, a nationalistic ideology and the possibility of establishing through political media, a Jewish national homeland.
During the period of the British Mandate, the Balfour Declaration, which recognized the eventual possibility of founding a Jewish national homeland, in Palestine, was affirmed to be the British government. The Jewish Agency, who then was the Chief representative of Zionist interests in the Holy Land, was entrusted with the issuance of visas to the Holy Land, thus resulting in an increased Zionist immigration from various parts of the world, which ultimately succeeded in superceding in numbers, the veteran Orthodox dwellers.
Orthodox Jewry all over the world and the Orthodox Community in the Holy Land in particular, immediately sensed in this stage of Zionist success, the threat of grave danger for the religious future of Jews. The Arab inhabitants began to exhibit open hostility to their Jewish neighbors. The British government failed to distinguish between the Orthodox community, who for generations in habited the Holy Land, and the newly arrived Zionist immigrants.
With the acquisition by the Zionist nationalists of the power to organize communities in Palestine, they formed the Vaad Haleumi Leknesset Yisroel (National Jewish Council Committee). This committee ignored the rights of the Orthodox veteran dwellers who did not recognize this validity of Jewish nationality, and whose identification as Jews was solely with their loyalty to their religious heritage. The religious inhabitants, on the other hand, shuddered at the prospects of spiritual disintegration of World Jewry, with the new rise to power of the Zionist nationalists.
The Orthodox inhabitants actively objected to being subject to the authority of the secularists. They appealed their cause to the League of Nations, who consequently granted them a “Right of exclusion” to the subjugation to the Vaad Haleumi, which rights provided that any Jew wishing not to be incorporated into the Vaad Haleumi, may remain lawfully independent if he so stated his wish in writing. Thousands of Jews did so.
Such was the case until November 1948, when the United Nations finally sanctioned the establishment of a Zionist State. We do not doubt that their success in finally realizing that purpose!

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Adulto mayor temeroso del verdadero Creador de todo, nuestro amado ETERNO...
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