ESTUDIOS SOBRE LAS ESCRITURAS

C  Á  P  S  U  L  A  S

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Por: J.N.Robles Olarte

 

Las virtudes de una buena esposa

Por David Amato

¿Qué es lo que hace a una esposa ser una buena esposa? Cualidades y características positivas al desempeñar su papel.
Existen muchas otras respuestas, posible tantas como el número de buenos esposos que reconocen y aprecian el valor único de sus esposas concediéndoles un merecido crédito. No es una tarea fácil el definir las cualidades que debe poseer una buena esposa. Cada una tiene difieren cualidades y manera de manifestarlas que la distinguen.
Si bien una esposa puede ser una interminable fuente de felicidad, el esposo no siempre reconoce y valora sus virtudes como una joya. Para tales maridos, la descripción que hace Daniel Webster de una esposa posiblemente no sea apreciada completamente: “No existe nada sobre la tierra que pueda ser comparado con la fiel y estrecha unión de una esposa; ni criatura que por objeto de su amor sea tan indómita, tan perseverante y tan dispuesta a sufrir y morir. Bajo las más deprimentes circunstancias, la debilidad de una mujer se convierte en fortaleza; su timidez se convierte en audacia; toda su flaqueza desaparece y su espíritu adquiere la dureza del mármol… cuando las circunstancias la conducen a sacar toda su energía e inspiración por su afecto”.
En palabras de Lamartine, algunos esposos posiblemente no aprecien las cualidades de oro de las buenas esposas hasta que la muerte los separe: “La muerte de la esposa de un hombre es como derribar un viejo roble que por mucho tiempo le ha proporcionado sombra a un hogar. De ahora en adelante el mundo con sus penas y vicisitudes caerá sobre el corazón del viudo y no hay nada que detenga su fuerza o le proteja del peso del infortunio”.
Una buena esposa tiene que contender con distracciones que se originan con la división de responsabilidades, lo cual le debilita su previo estatus y papel de dominio en la familia como fuente infinita de inspiración, afecto y amor.
Las citas del libro de los Proverbios, des a una buena esposa, son aún relevantes y aplicables “Fortaleza y honor son su vestidura y ella sonríe en los tiempos por venir… Ella abre su boca con sabiduría y la ley del amor está en su lengua… ella cuida con esmero todo lo de su hogar, y no se permite estar en la ociosidad. Sus hijos crecen y la bendicen, y su marido ora por ella”.
Aunque en estos tiempos una delineación de responsabilidades tal vez sea necesaria en la industria y el comercio, no necesariamente asegura una fuente interminable de amor y atención de una buena esposa al llevar a cabo su pesada y triple responsabilidad al atender su empleo fuera de casa, el hogar y la familia.
Como el filósofo francés Rousseau sabiamente describió a una buena esposa: “Su placer radica en la felicidad de su familia”. En estos días una buena esposa frecuentemente encuentra difícil para compartir la felicidad por la necesidad que existe ahora de dividir sus esfuerzos y responsabilidad requeridos por intereses más allá de su esfera de influencia y control fuera del ambiente familiar.
Tal vez el mundo necesita ahora retroceder un poco por el bien de la familia, restituyendo el papel de la buena esposa como comandante en su propio ambiente familiar para que ella pueda gozar y disfrutar de los adelantos de la tecnología moderna en el hogar asegurando así un constante flujo de cuidados, amor y paz a su familia con la ley del amor sobre sus labios.
Una mujer puede construir o destruir un hogar, pero solamente una buena esposa puede adornarlo con AMOR y PAZ.

 

 

 

Abraham Avinu (nuestro padre) no fue judío…
y Adán tampoco.

Por: José Galicot

 

Si Abraham viviera en nuestros días en Israel (o en México), y decidiera casarse con Sara, se encontraría con el problema de que no podría demostrar que su madre era judía (no lo era), ni que le habían hecho la circuncisión (no se la hicieron), desde luego los padres de Sara tampoco fueron judíos (si Abraham el gigante intelectual, fue el primer monoteísta y el primer judío lógicamente todos los demás aún no lo eran), y menos los progenitores de Agar (concubina de Abraham con la que concibió a Ismael), por lo que todas las relaciones de Abraham se complicarían enormemente, veamos:

Sabemos (a través de la Biblia) que Dios hizo un pacto con Abraham, en el cual (con la intervención divina) él y sus herederos serían el “pueblo elegido”, pero… reflexionemos… ¿Isaac el hijo de Sara e Ismael el hijo de Agar serían hoy considerados judíos?, yo creo que no porque sus madres no lo eran (o no podrían demostrarlo a las escrutadoras investigaciones de los ortodoxos) y si bien Isaac fuese aceptado como tal, esta aceptación debería extenderse a Ismael, ¿o no? Por otro lado podemos concluir que en vista del proceso histórico Abraham no conocía la Ley Mosaica, la de los diez mandamientos, simplemente porque Moisés no había nacido.
Adán no tuvo mamá, como tampoco le hicieron la circuncisión porque el pacto con Abraham fue posterior a su nacimiento, desde luego Eva tampoco tuvo mamá, quizás por eso le hizo caso a la serpiente. Estos dos personajes (Adán y Eva), son los primeros humanos bíblicamente hablando, padres de todas las razas, las religiones y los pueblos: ¿Cómo le hubiera ido a esta pareja ante el análisis severo de los ultra religiosos?
Hay otros casos bíblicos extraños donde se manejan “dobles estándares” de valores, por ejemplo:
La linda Fiesta de Purim, donde los personajes están tan bien definidos como es el caso de Mordejai el sabio tío de la Reina Esther quien participó ayudando en el enlace de su sobrina con el Rey Hajashverosh, acto que permitió deshacer la “tenebrosa” intriga de Aman y salvar al pueblo judío. Muy bien que suenen los “pitos”, matracas y abucheos cuando se lee la “Meguilá (leyenda) de Esther” y se menciona a Aman… pero… un momento, contengamos la alegría… ¿qué Hajashverosh se convirtió al judaísmo?, ¿acaso la Reina Esther se casó con un goy (gentil)?, y sus hijos, príncipes de Babilonia ¿judíos? La Biblia no nos da respuesta pero estoy seguro que si estos personajes vivieran ahora pasarían un mal rato explicando esa boda y sus resultados a los testarudos ortodoxos.
En la Biblia también aparece el caso de Ruth la moabita, que se casó con Boaz; cuando se murió éste, cuidó con bello amor filial a su pobre suegra (eran otros tiempos, otras nueras y otras suegras), es un noble ejemplo de solidaridad humana… pero ¿y los hijos de Ruth fueron judíos?
Existe también la leyenda de que todo un reino en Rusia (Kazar) se convirtió al judaísmo (posiblemente por eso hay tantos güeritos entre nuestros correligionarios) y si ellos, los kazaros se quisieran casar en Israel, tendrían que viajar a Chipre, pues los ortodoxos no se lo permitirían en Tierra Santa.
Se dio el caso de que el mismísimo Rey Salomón (el sabio, el del Cantar de los Cantares), tuvo su aventurita con la Reina de Saba (claro que fue una buena manera de consolidar lazos fraternos ¿? con los países circunvecinos, pero ella, la Reina bellísima no era judía).
Se sabe que hubieron tiempos remotos en que los judíos hacíamos proselitismo aún en los primeros siglos de la Era Cristiana, cuando habitaban Roma, y junto con los cristianos servíamos de nutritivo alimento a los leones del Circo Magno. Los cristianos lograban más resultados (haciendo proselitismo no como alimento) pues nosotros exigíamos que los conversos se hicieran la circuncisión, no comieran alimentos prohibidos, no mezclaran leche con carne, y por lo menos se bañaran una vez por semana (duras condiciones ¿no?), mientras que la competencia con un primer baño cubría los requisitos físicos. Así pues pronto fueron los cristianos mucho más numerosos que los mismos seguidores de Júpiter por lo que Catalina madre del Rey Constantino lo conminó a que ordenara que se adoptase el cristianismo como religión oficial de Roma, idea que tomó realidad mediante el edicto de Milán en el año 303, lo que nos obligó a suspender nuestros esfuerzos de hacer proselitismo.
Otro caso importante por lo definitivo en nuestra historia fue el momento aquel (1492) en que Isabel la Reina de España, nos obligó a escoger entre quedarnos a vivir en “la dulce España” convirtiéndonos al cristianismo o ser expulsados; dura decisión que tomaron muchos de nuestros antepasados; no se que decidiría un Yishuv (comunidad) moderno, pero si se lo que decidieron mis “tetratarabuelos”, emigraron con su carga de religión e historia a Constantinopla (ironías de nuestra historia, en la ciudad denominada así en honor a Constantino encontramos refugio), pero ¡no se rajaron!
Es tiempo de definir ¿qué es ser judío?, Ben Gurión lo decía así: “Judío es el que se siente judío”, y yo me permito agregar: “y el que es percibido como tal”, porque; “Ser judío es una manera de vivir, pensar, gozar, actuar y sufrir, de ser, no sólo una manera de sentirse”.
Ser judío no es sólo saber la Torah, no es sólo sentir la Torah es vivir la Torah en su enorme significado humanista, no en el sentido mecánico de lo que se puede y lo que se prohíbe sin razón lógica. ¡Si a la tradición, no a la imposición! Así lo entendió Abraham cuando rompió los ídolos y con los ídolos.
La religión judía es una religión dinámica, entiende y crece en los tiempos cambiantes: Se originó con Abraham, definió su moral con Moisés, creció en Babilonia, se nutrió en la historia de Saúl, David y Salomón, se intelectualizó con Maimónides, se llenó de emoción con los jazidim, por esa capacidad de comprensión dinámica vive y vivirá, por eso mismo no debe anquilosarse y fanatizarse… se perdería.
Para que los hijos de las modernas Saras, de los Hajashberoshes, de las Ruthes etc. sean judíos es necesario que enseñemos a sus padres nuestras costumbres y tradiciones, no basta con el hecho de que el Rabino los convierta. Cada comunidad y cada familia, (pues la comunidad es la familia extensa) deberá hacer esfuerzos por enseñar a estos “matrimonios mixtos” convirtiéndolos en conocedores de las virtudes y manera del ser judío, para que ellos también engrasen y fortalezcan nuestra continuidad en sus hijos, exactamente igual como hicieron nuestros antepasados con los hijos de la Reina Esther, o de Abraham.

NOTA: En el anterior artículo aprendemos que el genérico Judío se refiere exclusivamente a la religión,  fe y prácticas  religiosas de UNA de las tribus de las DOCE tribus originales y que, el término más correcto al hablar del Pueblo de nuestro Eterno Creador, debe ser el de HEBREO, así como se denominó a sí mismo el Profeta Jonás en el verso 9 del capítulo 1 del libro que lleva su nombre,  y  lo fueron  Abraham y  Adam.  Además, vemos confirmado allí que la FE HEBREA nada tiene que ver con la religión que el mundo conoce como “Judía” porque, sencillamente, ni Abraham ni Adam siguieron una “religión” específica sino los principios, estatutos, preceptos, leyes y mandatos que nuestro ETERNO CREADOR y PADRE  dio a Moisés en el Monte de Sinaí, y puso al servicio y práctica del pueblo que Él escogió para Sí.(J.N.Robles Olarte)

 

 

 ¿A qué se debe el odio a Israel?

 

Por David Mandel

 

 

Es indiscutible que Israel es el país más odiado del mundo. ¿Hay razones objetivas que justifican, o, por lo menos, explican, ese odio, esa obsesión desproporcionada por condenar a un país pequeño en territorio y en población, cuando hay tantas otras disputas en el mundo?

 

Analicemos a continuación algunas posibles causas del odio que muchos países e individuos en el mundo sienten hacia el Estado Judío:

Israel ocupa territorio de otra nación

Israel ocupó la Cisjordania en 1967 como consecuencia de su triunfo en una guerra defensiva. El territorio ocupado nunca había sido independiente. Estuvo bajo el control de Jordania del 48 al 67, de Gran Bretaña desde el fin de la Guerra Mundial hasta el 48, y durante los siglos anteriores fue provincia del Imperio Otomano. Hoy Israel está dispuesto a entregarlo a la Autoridad Palestina mediante negociaciones que decidan la frontera final y que tomen en cuenta las necesidades de seguridad de Israel.

Hay otras ocupaciones en el mundo que no producen protestas ni demostraciones:

• Rusia ocupa las islas Kurile que pertenecían a Japón hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, lo cual impide que hayan transcurrido más de seis décadas, los dos países aún no han firmado la paz. Pero esto no molesta nadie en el mundo.

• Tíbet perdió su independencia y fue absorbido por China, desde que el ejército chino derrotó al débil ejército tibetano en el año 1950. Esto tal vez moleste al Dalai Lama, a sus seguidores, y a los tibetanos étnicos, pero a nadie más.

• Turquía ocupa gran parte de la isla de Chipre, desde su invasión en 1974, lo cual no produce protestas de nadie, excepto tal vez de los griegos chipriotas.

• Sahara Occidental está ocupada por Marruecos. ¿A alguien le interesa?

• A raíz de la derrota de Alemania en 1945, 13 millones de alemanes étnicos que habían vivido durante cientos de años en lo que se llamaba Prusia Oriental, fueron expulsados, y Prusia Oriental desapareció del mapa. Ni siquiera Alemania se queja.

CONCLUSIÓN:

El hecho de que Israel ocupa la Cisjordania no es la causa del odio, es sólo un pretexto.

 

La existencia de refugiados palestinos

La Guerra de Independencia de Israel, (1948-1949) iniciada por la invasión de cinco ejércitos árabes que no aceptaron el Plan de Partición de las Naciones Unidas, y que estaban empeñados en exterminar, (usando el eufemismo de “echarlos al mar”) a la población judía, produjo dos grupos de refugiados: 800,000 judíos quienes, durante milenios, habían vivido en los territorios islamizados por las conquistas árabes, y 500,000 árabes palestinos.

Las Naciones Unidas crearon, para ocuparse de los refugiados palestinos, una organización que reconoce y perenniza –sin precedentes y sin equivalente en otras naciones– el status de refugiados de los hijos, nietos y bisnietos de los descendientes de los refugiados palestinos originales. Respecto a los refugiados judíos, las Naciones Unidas no crearon ninguna organización especial ni les dieron a ellos y a sus descendientes el status de refugiados. Israel los absorbió sin ayuda de las Naciones Unidas.

Durante el Siglo 20 hubo numerosos casos de refugiados e intercambios de poblaciones, cuyo número, como en el caso de India y Pakistán, de los alemanes étnicos expulsados de Europa Oriental, y de los turcos y griegos, no era de cientos de miles sino de millones. Todos ellos, a diferencia de los refugiados palestinos, fueron absorbidos por los países que les dieron acogida, y no transfirieron su status de refugiados a sus descendientes.

 

CONCLUSIÓNES:

El hecho de que aún existan refugiados palestinos no es la causa del odio, es sólo un pretexto.

Israel practica el apartheid y el genocidio y viola los derechos humanos de sus ciudadanos árabes y de los palestinos

Se necesita una total ignorancia de lo que fue apartheid en Sudáfrica y de la democracia y liberalidad imperante en Israel para acusar al Estado Judío de apartheid.

Respecto a la acusación de genocidio, esta no se basa en la ignorancia sino en la malevolencia y falsedad de los autores de tan absurdo infundio.

Los que acusan a Israel de violar los derechos humanos de árabes israelíes y de palestinos son los mismos a quienes no les interesa lo que ocurre en el Sudán, en el Congo, en Ruanda, en China, en Siria, en Egipto, y en tantos otros países donde los gobiernos no respetan los derechos humanos, persiguen a minorías étnicas y religiosas, consideran a las mujeres ciudadanos de segunda categoría, y a los homosexuales los juzgan como criminales.

Acusar a Israel de apartheid, genocidio y violación de derechos humanos, acto de la más pura hipocresía que ignora a los verdaderos culpables, no es la causa del odio, es sólo un pretexto.

¿Si todas las acusaciones son sólo pretextos, cual son las verdaderas causas del odio a Israel?

Antisemitismo

Este antiguo prejuicio no desapareció a raíz del Holocausto, pero dejó de ser expresado durante varios años. El triunfo de Israel en la Guerra de los Seis Días ocasionó que los antisemitas sintieran que ya no necesitaban continuar aparentando tener simpatía a los judíos como víctimas. La creación de Israel les permitió negar que son antisemitas y poder declarar que sólo son antisionistas, lo cual no sólo está de moda sino que es respetable, y hasta admirable. Dejó de estar de moda decir que los judíos tienen demasiada influencia, lo cual se reemplazó con la frase “el lobby pro-Israel tiene demasiada influencia”.

Petróleo

Desde la década de los 60 el Occidente depende del petróleo del Golfo Pérsico y del norte de África. En 1973, con el boicot del petróleo, los árabes descubrieron la fuerza y efectividad que les da el control del petróleo. El petróleo también los ha enriquecido a niveles sin precedentes que les permiten, mediante donaciones, influir en universidades occidentales y en los medios de comunicación. Es dudoso, si los países árabes no tuviesen petróleo, que el problema palestino preocupase al mundo.

Territorio y demografía

Los países árabes tienen un total de 350 millones de habitantes. Israel tiene cerca de 8 millones de habitantes, de los cuales 6 millones son judíos.

Los países árabes abarcan un territorio de 13 millones de kilómetros cuadrados. Israel tiene, dentro de los límites de las fronteras del armisticio, 21,000 kilómetros cuadrados.

En las Naciones Unidas hay 21 países árabes y solamente uno judío.

La gran inmigración árabe e islámica a Europa ha aumentado en el continente el número, la frecuencia y la violencia de actos antisemitas, incluyendo vandalismo y asesinatos.

Terrorismo

El Mundo Occidental ha aprendido la lección de que no es sano ofender a los árabes. Una caricatura de Mahoma ocasiona violencia y muerte. Una caricatura de Moisés puede provocar sonrisa o indiferencia, pero nunca temor. Los europeos en general, y los que trabajan en medios de comunicación en especial, han aprendido a ser “prudentes”. No quieren ser asesinados como el director holandés de cine Van Gogh o vivir bajo sentencia de muerte como el escritor Salman Rushdie.

Popularidad

Criticar o difamar a judíos no acarrea riesgos, por el contrario gana popularidad. Son pocos los conferencistas simpatizantes de Israel que son invitados a dar una conferencia. Los que expresan antipatía y odio son bienvenidos y aplaudidos en todo el mundo. Artículos que expresan simpatía y comprensión a Israel no son publicados, ya que los periódicos reservan sus espacios a columnistas que apoyan incondicionalmente a los palestinos.

 

NOTA.- Este artículo está basado en un artículo escrito por Víctor Davis Hanson, erudito en la Civilización Clásica y en el arte de la guerra. Es autor de 20 libros, uno de los cuales, The Western Way of War, que leí hace poco es una brillante muestra de su profunda erudición y de la elegancia y claridad de su estilo.

 

 

 

MAN AND HIS GODS

By Hower W. Smith

Prologue

 

WHEN in 1863 Thomas Huxley coined the phrase ‘Man’s Place in Nature,’ it was to name a short collection of his essays applying to man Darwin’s theory of evolution. The Origin of Species had been published only four years before, and the thesis that man was literally a part of nature, rather than an earthy vessel charged with some sublimer stuff, was so novel and so offensive to current metaphysics that it needed the most vigorous defense. Half the civilized world was rudely shocked, the other half skeptically amused.

Nearly a century has passed since the Origin shattered the complacency of the Victorian world and initiated what may be called the Darwinian revolution, an upheaval of man’s ideas comparable to and probably exceeding in significance the revolution that issued from Copernicus’s demonstration that the earth moves around the sun. The theory of evolution was but one of many factors contributing to the destruction of the ancient beliefs; it only toppled over what had already been weakened by centuries of decay, rendered suspect by the assaults of many intellectual disciplines; but it marked the beginning of the end of the era of faith.

It was said by one horrified reviewer of Darwin’s book that if his views held, then humanity ‘would suffer a damage that might brutalize it, and sink the human race into a lower grade of degradation than any into which it has fallen since its written records tell us of its history!’ (Like many of his Victorian contemporaries, the writer knew little of human history.) No one can deny that since the Origin was published man has given a good exhibition of his lowly nature. Darwin’s book can explain man’s bestial propensities, but it is scarcely responsible for them. Yet in truth much that hitherto served to hold civilization together, to give life meaning and direction, to keep courage in men’s hearts, has fallen away because of it. It was inevitable that men should live differently because the book had been written.

Now that the Origin has begun to do its work man stands among the ruins left from some five millenniums of civilization, surrounded by shattered hopes and burned-out creeds where once were impregnable faith and assured belief, asking himself again, What is his place in nature? Why should he live? And how? This question has from time immemorial played a dominant role in his thoughts. Repeatedly he has reshaped the answer, and always the answer has reshaped the pattern of his life, socially, economically and politically, and frequently set the limits to his physical and intellectual freedom.

All students of history must at times have felt despairingly that this history has been inevitable, that it could not have happened otherwise. If this be true, then of course the history that is to come cannot be modified. Historians may debate the relative importance of ideas as against other factors in the shaping of this history: but any application, of the principle of determinism implies that history would have been different had the determinants been different — among other things had man’s ideas been different. The Scholastics condemned reason and examination as fallible and feeble tools, and fallible and feeble they seem to be as opposed to the dead weight of vulgar belief that stands against them as a mountain stands against the wind and rain: yet perspective reveals that mountains do wear away, and the student who scans the past in its entirety takes heart in the conviction that man’s future history will be changed by ideas more even than has the past.

This volume closes with the end of the nineteenth century. It is difficult to appraise one’s contemporaries; they are too much a beam in the eye. If an appraisal were rashly to be ventured, it might incline towards an unwarranted pessimism: despite a clearer vision in some quarters of the meaning of liberty and responsibility, and despite some notable progress in natural philosophy, the first half of our century seems, with respect to ideas, to have regressed a little into the penumbra of intellectual eclipse. Historians of the future may look back upon the nineteenth century as we look back upon the early days of Greece, seeing it as a brilliant period for the human intellect but with promises unfulfilled, aborted because that intellect was too immature for its promises to complete gestation. Perhaps this pessimism is also a beam in the eye, so this book closes with the end of the century in which Darwin lived. It begins, fragmentally and imperfectly, at the beginning, in so far as the beginning can be perceived.

 

The basic fact of the past, and of the future, is that man and the anthropoid apes together constitute a natural biological group, known as the superfamily Hominoidea. They possess in common hundreds of anatomical characters that demonstrate their kinship and that set them off from their nearest relatives, the lower Old World apes, as well as from all other mammals.

The men who inhabit the world today all belong to a single species, Homo sapiens, as demonstrated by their anatomical relationships and by the fact that they can interbreed, but they are divided by most authorities into a few geographical varieties or races, the Australoids, Bushmen and Hottentots, Pygmies, Negroids, Mongoloids, and Europeans. Also a member of this species was neolithic man (New Stone Age), whose remains are scarcely distinguishable from modern races, and who appeared in Europe, Asia and Egypt at the close of the Pleistocene Period or shortly after the beginning of what the geologist calls Recent Time (15,000 years). Neolithic man appeared after the greatest severity of the last glacial age had passed, probably at a date not earlier than 13,000 B.C. With the increasing opportunities for migration that followed the last retreat of the ice his divergent descendants invaded each other’s territory and, during the course of historic times, produced the complex mixture that forms the modern European population.

Back of the Neolithic Age stretches the long interval of the Paleolithic, or Old Stone Age, which is anthropologically parallel to the geologic Pleistocene Period, nearly 1,000,000 years in length. It was during this long interval that man developed from a fumbling apelike creature into a skilled worker of fine tools. The three latest of the paleolithic forms — Cro-Magnon man (Homo sapiens fossilis), Neanderthal man (Homo neanderthalensis) and Heidelberg man (Homo heidelbergensis) — are so distinctly human that they are included with recent man in the single modern genus Homo.

Heidelberg man, whose remains date from about the middle of the Paleolithic, is poorly known, but roughly contemporary with him are forms so different from modern man that new genera have been erected by some authorities to include Piltdown man (Eoanthropus dawsonii), Peking man (Sinanthropus pekinensis) and the Java ape-man (Pithecanthropus erectus), forms evolved early in the Pleistocene Period, the last two perhaps at its beginning.

It required close to 1,000,000 years to transmute the dawn man, Eoanthropus, into neolithic man, while 40,000 years have given no detectable evidence of the evolution of the latter, for the significant differences between the pure Mediterranean, Alpine and Nordic types of modern Europe are much less than the differences between Cro-Magnon and neolithic man, if indeed these represent different species. In the long view of evolution Homo sapiens is simply a survival from the Neolithic Age.

The basal criterion of a true species is its inability to breed with another species. The common root of the anthropoid apes and man is found in the middle Miocene; if the human stock ceased to interbreed with the anthropoid stock at about this time, an interval of 10,000,000 years would have elapsed before the appearance of the hominid stock at the close of the Pliocene. Assuming a generation every 12 years, 800,000 generations of men-no-longer-apes would have existed before they acquired the rudimentary capacity of speech or the facility to chip flint instruments. Calculated in the same manner, Homo sapiens (including neolithic man) has inhabited the earth for not over 1500 generations (18,000 years), a mere fraction of the time required to transmute the ancestral ape into early man. Lengthening the cycle of a generation to 20 years, the whole history of civilization comprises scarcely more than 300 generations. The rapid development in technical and intellectual activity in this period cannot be interpreted as evidence of acceleration in man’s evolution: civilization is nothing more than the accumulation of experience and knowledge; it reflects nothing other than the use to which man has put his brain, which is probably not superior, and quite possibly inferior, to the brain of Cro-Magnon.

iii

When we speak of the Age of Man we usually think of the period in which man has been a tool maker and has known the use of fire, though we may justifiably expand this term to include the entire period when manlike creatures, whether or not possessing tools or even rudimentary speech, can clearly be distinguished as having deviated from anthropoid evolution. In this broader sense, the Age of Man reaches back of Pithecanthropus, Eoanthropus and Sinanthropus, who were distinctly more human than apelike; they might have been the progenitors of modern men while it is inconceivable that they could have been the progenitors of modern apes.

One important feature of ape-to-man evolution was a retardation of the rate of development, a delay in the reaching of individual maturity. The gross anatomical differences between man and the great apes are more quantitative than qualitative, and appear to be attributable in part to the fact that both prenatal and postnatal development in man are considerably retarded. An adult man much more closely resembles an infant gorilla than he does the adult of that species; in fact, it is not inaccurate to say that Homo sapiens represents an anthropoid whose development in certain respects has not only been greatly slowed but arrested at an early stage. The most important consequences of this retardation are that the time during which the cranium remains plastic and the brain has an opportunity to enlarge is greatly prolonged; and that the young are cared for over a longer period, during which time they remain amenable to education and enjoy an opportunity for the transmission of cultural experience from one generation to another.

It may be that early man made many things with his hands which, because of their destructible nature, have not survived, but it is doubtful if he did anything that required a higher type of cerebration than does the preparation of fine flint instruments. The anthropologist Leakey had to spend several years in experimentation before he could chip a flint ax equal in workmanship to the average ax turned out by the men of the late Paleolithic. He found that success depended on a knowledge of the cleavage planes in the lump of flint, on the ability to strike a blow of just the right force and direction at the proper point, and on the exercise of considerable skill in the selection of the striking tools. It would seem that by random pounding a man might quickly, learn the relative hardness of various objects and thus come to choose flint in preference to softer materials for his weapon, but it is inconceivable that without instruction he could in the space of a single lifetime discover how to chip a flint equal to even the poorer neolithic scrapers. Actually, the development of the art of flint chipping required close to a million years — and this in spite of the fact that no animal is more curious, more impelled to feel things, handle them, bite them, tear them to pieces, pound them, to experiment with them in every conceivable way, than are young apes and children. Curiosity and manual restlessness have been the chief forces that have impelled man’s exploration of the world and ultimately enabled him to win what control he has of it, but it is appalling to observe how long he took to come into his own.

 

 

JESÚS, ¿COMO MODELO DEL SACRIFICIO PASCUAL?

 

No tiene sentido alguno que Jesús, el Hombre de Galilea, fuese tomado como  “tipo” de un Sacrificio Pascual, porque bien sabemos por Éxodo 12, y podemos comprobar por nosotros mismos, que el Sacrificio Pascual  NO sirve como EXPIACIÓN de pecado alguno, ya que sólo CONMEMORA el ÉXODO, o salida del pueblo de Israel, de Egipto. Más aún, cuando el cordero fue sacrificado allí en Egipto, fue para hacer uso de su sangre como una señal que se untó en los dinteles de las puertas de los israelitas, para que el ángel de la muerte no tocare ninguno de tales hogares; y NO como expiación alguna. Además,  el peligro de muerte sólo recayó sobre los primogénitos masculinos, tanto de personas como de animales, como bien nos lo describen las Escrituras Hebreas. Vemos así cómo la sangre no fue de ayuda alguna para las personas que residían en las casas de los Israelitas, como tampoco fue o sirvió como expiación de los primogénitos que allí residían.

Hubiese tenido, más bien, algún sentido su sacrificio, si se hubiese tomado a Jesús el Galileo como  “tipo representativo” del Yom Kippur Judío  o  Día de Expiación Hebreoen el que se efectuaba una expiación por los pecados cometidos por todo el pueblo Hebreo. Surge aquí  ahora un problema y es que, según Levítico  16:10, 21 y 22, el animal que habría de servir como expiación NO era muerto sino enviado VIVO al desierto.  Los seguidores de Jesús también se enfrentan a otro problema y es que, de acuerdo a las Profecías de la Antigua Israel, el Mashiach, o Mesías Cristiano, NO HABRIA de morir sin antes haber cumplido con su misión.  También aquéllos tienen que vérselas con la nada agradable muerte de Jesús  en manos de unos paganos, soldados Romanos. De esa forma los cristianos  comparan  a Jesús con el sacrificio pascual hebreo.  Éste permanente taconeo Cristiano alrededor de las Escrituras Hebreas en tratar de legalizar y legitimar a Jesús como el Mashiach no  se puede negar, dado que las claras lecciones que Levítico nos dan, con respecto al Día de la Expiación, el derramamiento de sangre NO ES un pre requisito para expiación alguna, y menos si se trata de sangre humana!

La noción de tal práctica sacrificial  procede de la religión de los Misterios Babilónicos, en la antigua Mesopotamia. Lo que sí es cierto es el hecho que la idea de que un “inocente” debía ser muerto en vez de aquéllos “culpables”  NO ES consistente con lo que nos enseñan las Escrituras Hebreas.  Recordemos cómo, después del pecado cometido por el pueblo de Israel al erigir un “becerro de oro”, nuestro Eterno Creador se airó tanto que Su intención fue el de destruir por completa aquélla generación. Es así cómo el mismo Moisés se ofrece a morir en lugar del pueblo, y le sugiere al Creador, “…¡Ay!, este pueblo ha cometido un gran pecado al hacerse un dios de oro.  Con todo si te dignas perdonar su pecado…y si no, bórrame del libro de la Vida que Tú has escrito.  El Eterno le responde con firmeza, no será así…al que pecare contra Mí, lo borraré de Mi Libro.” (Éxodo 32:32, 33)-

A todo lo largo de Sus Sagradas Escrituras  el Eterno y Creador de Israel nos dice que cualquier persona, fuere quien fuere, NO DEBE morir por los pecados cometidos por otros, porque es una ABOMINACIÓN. Veamos algunas escrituras::

“,,,sino que cada uno por su culpa morirá: quienquiera que coma el agraz tendrá la dentera.” (Jeremías 31:30)

“No morirán los padres por las culpas de sus hijos, ni los hijos morirán por las culpas de sus padres. Cada cual morirá por su propio pecado.”( Deuteronomio 24:16)

“El que peque es quien morirá: el hijo no cargará con la culpa de su padre, ni el padre con la culpa de su hijo: al justo se le imputará su justicia, y al malvado su maldad.” (Ezequiél 18:20).

Todo lo anterior es cierto, y la razón de ello nos la dan las siguientes Escrituras,: “Justificar al malo y condenar al justo; ambas cosas son ABOMINACIÓN  ante el Eterno tu Creador.” (Proverbios 17:15)  y “Ninguno de ellos  –incluido Jesús–  puede REDIMIR a su hermano, NI PAGAR al Eterno por su rescate.” (Salmos 49:8). A diferencia del Nuevo Testamento Griego, las Sagradas Escrituras Hebreas dictadas por el ÚNICO v Creador de Abraham, Isaac, y Jacob, nos enseñan que TODOS somos responsables de nuestros actos, buenos o malos.  Solo nosotros debemos dar cuenta de  nuestras acciones y procederes, y así obtener el premio o castigo pertinente.  Ninguna “deidad salvadora”, nacido de virgen alguna, y procedente de la Mitología Babilónica u otra fuente, pueden contradecir las claras instrucciones de nuestro Creador, el Altísimo de Israel. Ahora….ya usted tiene en sus manos la decisión a tomar: si creer en las Sagradas Escrituras Hebreas, o seguir las enseñanzas del Nuevo Testamento Griego. Tiene ante usted un “tipo” del Árbol del Bien y del Mal.  De su correcta elección dependerá su futuro y eternidad…

נלסוןרובלסחורחה

 

 

 

 

 

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Acerca de jorgenelson24

Adulto mayor temeroso del verdadero Creador de todo, nuestro amado ETERNO...
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